| 
María Eugenia
Franco Martinez
1º Bachillerato
Arabell
Lleida
Al despertar, Keneth se dio cuenta
de que se hallaba en una cueva profunda, llena de
misterio y oscuridad.
Decidió abrir su cartera y sacar un bocadillo
de jamón serrano y almorzar mientras pensaba
en la manera de explicarse el porqué de semejante
apuro. ¿Qué hizo para merecerse esto? ¿Cómo
llegó hasta aquí? En fin, en vez de
perder el tiempo en contestarse dichas cuestiones,
decidió andar, andar…hasta encontrar
una salida… Andar mientras podía…Hasta
que llegó al punto de no ver ni sus manos.
Tuvo que gatear entrando en la desesperación,
pues le parecía no ir a ningún lado,
solamente de desviación en desviación…parecía
un sendero interminable. Súbitamente recordó que
portaba un candelabro de Spes (y su importancia para
hallar la verdad), cuya luz se encendió tan
brillante como el sol por la mañana, y al
llevarla con la mano contempló, para dicha
suya, unos antiguos dinteles élficos, vetustos
y gastados por la humedad y el desuso. Trató de
abrir, pero no pudo…no encontró la forma.
Pensó en todo lo que había emprendido
y nunca había terminado…entonces se
reprimió con un profundo arrepentimiento el
no haber contribuido a mejorar el mundo con cosas ¡tan
bellas! Después de un mar de lágrimas
y reproches, una compuerta se abrió y pudo
contemplar una hermosa espada con diamantes incrustados.
Al tomarla escuchó una voz: “no temas
emprender cosas buenas, sé valiente y cumple
con tu misión”. Entonces conoció la
razón por la que estaba en la cueva…Cómo
centrarse en él mismo cuando hay tanto que
hacer en el mundo…Ahora lo sabía y estaba
listo para llegar a la plenitud de su ser. Se escuchó un
sonido hueco y contempló la luz del sol y
un campo con una vereda prolongada. Keneth tomó la
espada y montó el corcel que le aguardaba…ya
sabía a dónde ir y qué hacer…luchar
contra su peor enemigo y vencerle…Su lado oscuro…Cabalgó…los
cascos del caballo resonaron por el horizonte hasta
que se perdió de vista…Camino de la
verdad.
|