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Luis Munguía
Fornells
de la Selva
3º ESO
Bell-lloc del Pla
De repente la realidad perdió
su sentido. Mario avanzaba con indecisión mientras
una sensación de miedo iba apoderándose
de él. Las calles se le antojaron distorsionadas
e iba sorteando a la gente que se le cruzaba sin demasiada
precisión en los movimientos. Adivinaba el
cruce rápido de los coches por el reflejo luminoso
de los faros y se agolpaba con el resto de la gente
en los semáforos para poder cruzar con un aliento
de seguridad. Le parecía extraña esa
sensación y pensaba que debería consultar
con un especialista que le ayudara a identificar la
causa de sus miedos.
Llegaban a tal punto que le costaba
diferenciar entre una sensación personal de
inseguridad o la existencia real de un peligro cercano.
Ahora volvía a recobrar esa ansiedad: notaba
cómo una sombra le seguía cada vez con
mayor celeridad. Mario quiso dominar esa invasión
de temor e inconscientemente apretó sus brazos
sobre su pecho y caminó más deprisa
en dirección a la avenida. Un sudor frío
iba recorriendo sus sienes y sus manos se apretaban
con más fuerza en señal de protección,
como si así pudiera repeler cualquier atisbo
violento sobre él. Hacía conjeturas
mentales que le ayudaran a dominar su nerviosismo,
intentaba eliminar de sí mismo las sugestiones
inútiles que provocasen la temeridad. Aún
así seguía percibiendo cómo alguien
le seguía en cada cambio de dirección.
Le costaba mantenerse sereno y cada vez le era más
difícil mantener las imágenes claras
de tal forma que ahora se llegó a sentir desorientado.
Mario no sabía cómo
resolver la situación, cada vez se apoderaba
de él con más fuerza un sentido de indefensión
en aquella noche cerrada y oscura sin un destino claro
dónde dirigirse. Se le apelmazaban las ideas,
notaba cómo le costaba tragar la saliva y decidió
detenerse mientras restregaba sus ojos en busca de
un alivio de esa tensión. Fue entonces cuando
sobrevino lo inevitable, ese alguien depositó
la mano sobre el hombro de Mario. Un escalofrío
recorrió su columna y se quedó petrificado.
- Perdone, ¿estaba Usted hace una media hora
en el café Royal? - Sí, ¿por
qué? - Creo que olvidó Usted esto. Entonces
le extendió en la otra palma de su mano unas
gafas de miope. Mario se quedó extenuado y
creyó que el mayor enemigo de uno mismo es
su propia mente.
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