GANADOR DEL 4 DE NOVIEMBRE
 

Luis Munguía
Fornells de la Selva
3º ESO

Bell-lloc del Pla

De repente la realidad perdió su sentido. Mario avanzaba con indecisión mientras una sensación de miedo iba apoderándose de él. Las calles se le antojaron distorsionadas e iba sorteando a la gente que se le cruzaba sin demasiada precisión en los movimientos. Adivinaba el cruce rápido de los coches por el reflejo luminoso de los faros y se agolpaba con el resto de la gente en los semáforos para poder cruzar con un aliento de seguridad. Le parecía extraña esa sensación y pensaba que debería consultar con un especialista que le ayudara a identificar la causa de sus miedos.

Llegaban a tal punto que le costaba diferenciar entre una sensación personal de inseguridad o la existencia real de un peligro cercano. Ahora volvía a recobrar esa ansiedad: notaba cómo una sombra le seguía cada vez con mayor celeridad. Mario quiso dominar esa invasión de temor e inconscientemente apretó sus brazos sobre su pecho y caminó más deprisa en dirección a la avenida. Un sudor frío iba recorriendo sus sienes y sus manos se apretaban con más fuerza en señal de protección, como si así pudiera repeler cualquier atisbo violento sobre él. Hacía conjeturas mentales que le ayudaran a dominar su nerviosismo, intentaba eliminar de sí mismo las sugestiones inútiles que provocasen la temeridad. Aún así seguía percibiendo cómo alguien le seguía en cada cambio de dirección. Le costaba mantenerse sereno y cada vez le era más difícil mantener las imágenes claras de tal forma que ahora se llegó a sentir desorientado.

Mario no sabía cómo resolver la situación, cada vez se apoderaba de él con más fuerza un sentido de indefensión en aquella noche cerrada y oscura sin un destino claro dónde dirigirse. Se le apelmazaban las ideas, notaba cómo le costaba tragar la saliva y decidió detenerse mientras restregaba sus ojos en busca de un alivio de esa tensión. Fue entonces cuando sobrevino lo inevitable, ese alguien depositó la mano sobre el hombro de Mario. Un escalofrío recorrió su columna y se quedó petrificado. - Perdone, ¿estaba Usted hace una media hora en el café Royal? - Sí, ¿por qué? - Creo que olvidó Usted esto. Entonces le extendió en la otra palma de su mano unas gafas de miope. Mario se quedó extenuado y creyó que el mayor enemigo de uno mismo es su propia mente.

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