| 
Isabel Juvé Fontoba
1º
Bachillerato
Montclar
Igualada
Por las grietas de la ventana las
fulgurantes centellas de una mañana espléndida
forzaban incesantemente el postigo para penetrar en
aquella habitación. Entreabrí el ojo
izquierdo y recordé las palabras que mi madre
solía decirme “Hija, a quien madruga
Dios le ayuda”. no obstante, no despegué
las pestañas del otro ojo, ya que “No
por mucho madrugar amanece más temprano”,
como bien me aconsejaba mi sabio padre. Permanecí
pegada a las sábanas hasta las nueve pasadas.
El horario laboral ya se había puesto en marcha.
Si hubiera podido escoger mi oficio sería inventora,
porque cada mañana, desde que había
empezado a trabajar, tenía que inventarme una
excusa por mi retraso. Llamé a la oficina y
comenté que me había acechado una noche
tormentosa, hecho que causaba en mí un gran
malestar mental y que la consulta al médico
ya estaba concertada. Yo sabía que el director
era una bellísima persona, de los que si “le
pegaban en una mejilla, él ponía la
otra”, aunque ahora puedo afirmar que alguien,
con un cierto sentido del rencor, le debió
comentar “ojo por ojo, diente por diente”,
ya que a estas horas, gracias a mi carismática
presencia, en el paro hay exceso de plantilla.
Es terrible observar como todos mis
amigos conocen eso de “al árbol caído
todo el mundo va a hacer leña” porque
conmigo han renovado todos los muebles de su casa.
Entro en la cocina y desafío las leyes de la
imanación hasta descubrir el frigorífico:
la sensación de encontrar aquellas sobras comestibles
era como comer “naranjas en agosto y uvas en
abril”.
Aún recuerdo que, aprovechando
el "día libre", salí a comprar
al mercado. Allí, un rutilante rostro se acercó
a mí y, aferrando mi hombro, exclamó:
“¡El mundo es un pañuelo!”.
Eran las facciones de un conocido directivo, ¡infeliz
de mí que siempre había creído
que “Ancha es Castilla”!
|