GANADOR del 4 de febrero de 2004
 

Olga González Chacón
3º ESO
La Vall
Mollet del Vallès

Miré el reloj. Eran las siete y cuarto y aún no había sonado el teléfono, cuando la hora acordada ya había pasado: las seis. Esperé cinco minutos más, y al fin, tras larga espera, el ruido estridente que anunciaba una llamada rompió el silencio: -¿Sí?
-Todo está listo, puedes ir- la voz sonaba nerviosa-.Tengo trabajo, luego te llamo.

Colgué el teléfono, apagué las luces y cerré la puerta. Metí las llaves en el bolsillo de mi gabán y mientras bajaba en el ascensor consulté de nuevo el reloj. Y veintidós. Casi no tenía tiempo, hasta y treinta y cinco... Recordé las indicaciones que me habían dado. Recto por la calle del supermercado hasta llegar a la esquina de la tienda de informática. Caminé deprisa, y a medida que me iba alejando del centro de la ciudad y las luces se iban atenuando, las caras con las que me cruzaba parecían más sospechosas. Aligeré el paso, notablemente nerviosa, y al fin vi el pequeño cartel luminoso de la tienda de informática. Sonreía para mis adentros cuando un golpe en el hombro me sacó de mi ensimismamiento. Sin lograr reprimir un leve grito de terror me di la vuelta, dispuesta a encarar lo peor, a averiguar si me habían descubierto…

-Ah, perdona, no te vi…- una mujer mayor me sonrió, y suspiré aliviada.
-No pasa nada…-susurré, aún oyendo mi corazón latir fuerte en mis tímpanos. Y eché a correr. Y veintisiete. ¡No llegaría, no me daría tiempo! Doblé la esquina, casi perdiendo el equilibrio, y recordé las palabras dichas a las 5 de la tarde: “El portal número 25”. Entré. Inmediatamente, salió un hombre de detrás de una puerta oscurecida por el tiempo.
-Hola. ¿Vienes a recogerlo, verdad?
-Sí. Me han dicho que está solo.
-Ajá. Y todo está pagado y en orden.- El hombre se subió las lentes de media luna que habían resbalado hasta la punta de la nariz. Tras recoger el encargo, salí a la calle, y el viento frío me azotó la cara. Y treinta y dos. ¡No! La carga era pesada y me haría parar algunas veces… Caminé tan deprisa como me permitían las piernas. Paré una vez, y otra: ya iba por la mitad del camino. Y treinta y tres… Dos minutos, dos y me harían falta por lo menos cinco para llegar a mi destino. No podía parar. Corrí, y al cabo de un minuto me detuve, jadeando. Mi nerviosismo se veía desde fuera, incluso creo que una mujer tenía intención de preguntarme qué ocurría. Pero yo, con la carga y desconfiando de todo el mundo, la esquivé. Veía luces girar a mi alrededor. Me pareció ver a más gente de la organización, vestida, al igual que yo, totalmente de negro… Negro. Color característico de la organización de la cual yo formaba parte, pero no supe reconocer a nadie. ¿Por qué me había metido en aquello? Corrí aún más para dejar atrás mis miedos, pero se aferraban a mí como un hombre a su línea de vida, negando la muerte rotundamente. Los pantalones y la camiseta, ambos negros, eran finos y me hacían pasar frío, condición que aumentaba mi nerviosismo. Y llegué. Treinta segundos… el ascensor subió dos pisos. Veinte segundos… llegué al quinto y bajé. Quince… buscando la llave, diez girándola dos vueltas en la cerradura, 5 soltando la carga y el abrigo… Tres, dos, uno… Teléfono. La voz de mi madre se hizo audible por segunda vez aquella tarde.

-¿Ya has recogido al perro?
-Sí. Me dijeron que estaba todo pagado. Aquella peluquería canina está muy lejos, ¿no? Y es vieja…
-Colgué. Miré el reloj. Y treinta y siete. ¡Uah! Subí la escalera saltando los escalones de tres en tres, y me senté en el sofá tras encender el televisor. Reí de mi propia imaginación: me gustaban tanto las series detectivescas… oí al personaje pelirrojo y al moreno bajito resumir el capítulo anterior. La carga que me había hecho parar de acurrucó a mi lado y le acaricié la cabeza, sonriendo. No me había perdido mi serie preferida.

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