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Mònica Pedrol Tebé
2º
ESO
Arabell
La Ràpita (Lleida)
¿Quién le ha robado?
En un pequeño pueblo vivía
un hombre ya muy mayor, de unos ochenta años,
llamado Alfred. Era bajito y tenía que andar
con la ayuda de un bastón. La gente del pueblo
decía que era un hombre gruñón
y nada simpático. No le gustaba mucho hacer
vida social y relacionarse con las personas. Llevaba
una vida muy solitaria. Nunca se había casado
ni había tenido intención de hacerlo.
La casa en que habitaba era la más antigua
y la más grande de todo el pueblo. Era maravillosa.
Tenía un jardín lleno de flores silvestres,
con unas baldosas de piedra en medio de la hierba
que seguían un pequeño camino hasta
la puerta de la entrada principal. La puerta tenía
un aspecto muy viejo y era de color marrón
oscuro. Al lado de dicha puerta había una campanilla
que hacía la función de timbre. Justo
en medio del recibidor se encontraba una escalera
de caracol hecha toda de madera que subía al
piso de arriba. Esta escalera era el elemento más
significativo de la casa. El resto no era gran cosa:
una cocina antigua, un comedor espectacular, un estudio
y una pequeña biblioteca. Y en el piso de arriba:
una sala sólo de juegos, cuatro dormitorios
y cuatro baños. Detrás de la casa había
un huerto un tanto especial. No era muy grande pero
daba suficientes hortalizas como para poder alimentar
a una familia. Este huerto no era uno cualquiera,
de él brotaban unas hortalizas maravillosas.
Aunque hiciera tiempo que no llovía o bien
si se inundaba el huerto, la vegetación brotaba.
Cuando la gente tenía malas cosechas, y no
tenían qué comer, siempre recurrían
al viejo Alfred. Tal vez no era el maíz que
habían perdido por culpa del tiempo, pero era
comida. Él siempre se enfadaba cuando llamaban
a su campanilla. Cuando la oía, ya sabía
que era la gente del pueblo que venía a pedirle
hortalizas del huerto mágico. Los adultos se
aprovechaban un poco del viejo, pero no tenía
otro remedio. Los niños tampoco no eran muy
amables con Alfred. Cada vez que pasaban por delante
de su casa tiraban piedras a las ventanas. El viejo
Alfred tenía muy mala fama en el pueblo, sólo
por no salir mucho de su casa y no conversar con los
demás ancianos. Un día como todos los
otros, Alfred se fue directo a su huerto mágico
para coger algunas zanahorias y un poco de lechuga,
cuando, sorprendentemente se lo encontró vacío.
No había absolutamente ninguna hortaliza (zanahorias,
tomates, acelgas, judías, lechugas, patatas…).
Todo había desaparecido misteriosamente. El
viejo Alfred se enfado muchísimo. Él
pensó que los niños del pueblo le querían
hacer enfadar y entonces le habían escondido
todas sus hortalizas. Así que se dirigió
a los niños, pero ellos, muy burlones, le dijeron
que no habían sido y continuaron riéndose
del pobre viejo. Alfred estaba desesperado. Aún
no sabía quién le había robado
sus verduras y tampoco habían aparecido éstas.
Después fue a ver a los adultos del pueblo,
pero tampoco tuvieron nada que ver en el robatorio
misterioso de las hortalizas. Sino habían sido
los niños y tampoco los adultos, ¿quién
le había robado? Al día siguiente, Alfred
fue a buscar pistas alrededor de la casa. Miró
dentro y fuera, pero no encontró nada. Así
que decidió dejar el tema. El viejo volvió
a plantar las verduras y esperó un tiempo,
pero no mucho ya que su huerto era mágico y
crecía muy rápidamente todo lo que plantaba.
Y por fin volvieron a brotar todas sus hortalizas.
Cuando se fue otra vez a su huerto para coger unas
cuantas zanahorias y un poco de lechuga, evidentemente
se encontró con el huerto vacío. Alguien
estaba comiendo muy bien esos días. El viejo
se volvió a enfadar no mucho, muchísimo.
Así que se fue a buscar a los niños
del pueblo para preguntarles sobre sus hortalizas,
pero los niños se rieron de él otra
vez y no dijeron nada. Más tarde y más
enfadado se fue a ver a los adultos del pueblo, y,
claro, le dijeron lo mismo que la otra vez. El pobre
Alfred estaba como al principio, sin verduras y sin
culpable. Volvió a plantar sus hortalizas en
el huerto. Al cabo de poco tiempo, ya habían
vuelto a brotar. La noche anterior de ir a recolectar
sus verduras, oyó un ruido a bajo al huerto.
Se despertó rápidamente y se fue directo
al huerto. Cuando estuvo en él, vio una pequeña
sombra en medio de las lechugas. Era un extraño
hombrecillo de un color parecido al de las lechugas.
El viejo vio que llevaba una cesta y que estaba robándole
todas sus hortalizas. Rápidamente cogió
un rastrillo que estaba cerca de la puerta de la cocina
y se fue a por el hombrecillo verde. Alfred corrió
hasta él, y éste se marcho corriendo.
Aunque el viejo llevara bastón, corría
mucho y llegó alcanzar al extraño personaje.
Cuando lo tuvo en sus manos, lo llevó inmediatamente
dentro de su casa para interrogarle detenidamente.
Lo primero que dijo el extraño hombrecillo
fue: - Me llamo Ruduff y soy un duendecillo. Por favor
querido viejecito no me hagas daño. Alfred
se quedó paralizado, no sabía qué
decir. Un duendecillo verde que le robaba sus hortalizas
lo había llamado “querido viejecito”.
Ruduff lo miraba con unos ojos que decían perdón.
De pronto, Alfred reaccionó y empezó
a preguntar al duendecillo qué había
hecho con su comida, dónde estaba y por qué
le había robado. Ruduff le contestó
que se había comido sus hortalizas junto con
su familia, que la comida estaba en sus barrigas o
tal vez en algún otro lugar y le había
robado, porque hacía mucho tiempo que Ruduff
y su familia no podían comer. Hacia tiempo
que no llovía y su cosecha no daba fruto, y
pensó que la podría coger de este huerto
tan fantástico. Alfred se volvió a quedar
sin palabra. Todo lo que Ruduff había dicho
le había llegado al corazón. El viejo
Alfred se dio cuenta de que hay gente o no tan gente
como los duendecillos verdes, que pasan hambre y él
podía solucionar el problema que tenían
algunos. Alfred perdonó al duendecillo Ruduff
por haber cogido sus hortalizas sin su permiso y éste
prometió de no volver a hacerlo más.
A partir de esa noche, el anciano regalaba sus verduras
a la gente y también guardaba unas cuantas
para el duendecillo verde y su familia. Este hecho
no cambió su vida social, pero sí lo
hizo más generoso y considerado que antes.
Cuando la gente del pueblo llama a su campanilla para
pedirle comida de su huerto mágico, sale encantado
al huerto a coger hortalizas y a regalarlas a la gente,
como buena persona que es. Nunca nadie más
de ese pueblo, o cercano a éste, volvió
a pasar hambre porque el viejo Alfred estaba allí
con su huerto mágico.
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