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En estos días entrañables, en los hogares toma cuerpo la alegría, aún en medio de graves dificultades"

Cianuro por Navidad
Pares
19.12.2014
Cianuro por Navidad

Qué poco necesita un niño para ser feliz! La ternura de sus padres, los hermanos, el asombro de su inocencia… porque el amor de Dios está asegurado desde el nacimiento del Niño Dios.

El aciano seguía sonriente al otro lado del mostrador. Cuando la dependienta acabó su interminable lista le contestó:

La mujer, recuperada del susto, al ver la cara sonriente del viejecito acabó por convencerse de que no pensaba suicidarse: sólo pretendía… ¡endulzarle la vida con un poco de humor!

 

Con esta nota de dulzura querría asomarme al misterio de la Navidad, y comenzar por una pregunta: ¿Qué condiciones puso Dios para que su Hijo se hiciese hombre?

Parece que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo –que es Amor– no se tomaron muy en serio lo que llevaban preparando durante siglos y siglos. Su nacimiento en Belén no estuvo muy bien organizado, que digamos: sin balances ni resultados, sin estrategias, sin los cálculos de los poderosos, sin las férreas y contrastadas experiencias milenarias, viene al mundo el Todopoderoso para vivir en una familia sencilla durante treinta años. Y por si esto fuera poco, decide confiarse al amor de una chica que no llega a los 20 –María tendría 16– y un joven trabajador –José– no mucho mayor que su esposa.

La condición que Dios puso al mundo antes de hacerse hombre fue la ternura, un lugar para ser amado: una familia.

Por Navidad los hogares deberían permanecer cerrados al exterior porque, desde que nació Jesús, a través de la familia –no de las pantallas– se ilumina el mundo entero. Cada familia es un farol de luz que está cerca de los demás, de los necesitados en primer lugar ¿y hay alguien más necesitado que un niño? En estos días entrañables, en los hogares toma cuerpo la alegría, aún en medio de graves dificultades. Por el contrario, cuando la familia busca fuera de ella lo que sólo ella puede dar ¡qué difícil encontrar ni tan solo un poco de dulzura! Incluso caen en la trampa de buscar en las imágenes proyectadas en las pantallas la realidad de la propia familia. Como le pasaba a San Agustín, que buscaba a Dios en todas partes menos en su corazón.

Turrones, pantallas y juguetes pueden ser un complemento de la Navidad, pero nada más que eso. Los verdaderos protagonistas de la Navidad son, sencillamente,  todos los hombres y, especialmente, los niños. Y lo que cambia el corazón de los mayores, no es la comida o los regalos, sino los niños, la abundancia de niños. Y contemplar a los niños y a los ancianos contentos, con ojos golosos de asombro, eso sí es felicidad.

La Navidad no llega al pobre niño mimado, saturado con todos los cuidados y regalos que la técnica ha logrado inventar, y los familiares son capaces de comprar ¡Pobres criaturas! Son el objetivo de tantos hombres y mujeres que no han tenido amor para dar vida y han elegido dar regalos, cosas que se pueden intercambiar. Pero un niño no se debería intercambiar por nada. Hasta el mejor regalo para un niño es ¡otro niño! Desde que Dios se hizo hombre, la llamada original del creador al hombre –creced y multiplicaos– se ha engrandecido, divinizado porque desde entonces el creador será hombre como nosotros para siempre.

¡Y qué poco necesita un niño para ser feliz! La ternura de sus padres, los hermanos, el asombro de su inocencia… porque el amor de Dios está asegurado desde el nacimiento del Niño Dios.

Los hogares deberían permanecer cerrados para tomar conciencia del don de su amor, para llevarlo a todos los sitios. Se trata de buscar la felicidad de todos los niños, de muchísimos niños que son llamados a vivir. A vivir por amor, no por cálculos meticulosos y presupuestos económicos.

 

Comprenderemos el susto de la farmacéutica si consideramos que el cianuro es compuesto cristalino incoloro, similar en apariencia al azúcar, fácil de disolver en agua. Tiene un olor como el de las almendras amargas, pero no todos pueden percibirlo (dice Wikipedia).

También podemos entender al anciano, si caemos en la cuenta que, cuando entró en la farmacia se estaba discutiendo un proyecto de ley para aprobar la eutanasia. Al buen hombre le cansaba, no tanto el paso de los años como tanta seriedad –el negocio es el negocio–, tantas ganas de vender, y tan poca preocupación por la gente. Y si al nombrar el cianuro, podemos despertar a los vendedores de su triste letargo comercial, no dudemos en pedirles sonrientes ¡cianuro por Navidad!


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